Cuestión de lenguas.    
           
     

“Con mucho gusto, que esté muy bien”. “Con mucho gusto, que esté muy bien”. La frase se repite como una cantinela; como un credo gratuito, acostumbrado y fácil. “Con mucho gusto, que esté muy bien”. Despídase usted de una secretaria en cualquier oficina, y la escuchará de forma invariable. “Con mucho gusto, que esté muy bien”. Entregue la propina al “mesero” (nunca “mesonero”), y le brindará, también, la frase manida. “Con mucho gusto, que esté muy bien”. Siempre lo mismo: en el banco, en el autobús, en la “droguería”, en la óptica y hasta en los labios del pregonero cuando vende “El Espectador” los fines de semana. “Con mucho gusto, que esté muy bien”, deben decir, estoy seguro, las putas cuando el cliente se va.

Sí, es el bogotano un ciudadano cortés. Excesivamente cortés; por lo menos para mi gusto. Y mi malestar nace de la impostura que se esconde detrás de esas “finas maneras”. Hay mucho de pose, de modales premeditados en el perfil de esta gente. Uno agradece los gestos y las atenciones, pero en el fondo sabe que el “cachaco” no lo hace de corazón. Basta con ver lo repetitivos y automáticos que se vuelven cuando lanzan estas flores verbales.

Obviamente, el “con mucho gusto, que esté muy bien” no es la única pieza de su artillería protocolar, aunque sí la más frecuente. Aquí abundan el “qué pena” (tímido y sobreactuado sustituto del sencillo y eficaz “perdón”) y el “siga” (en lugar de “adelante”, “bienvenido” o “siéntese”). Además, aquí la hora no se da, ni se dice; se regala: “Qué pena, ¿me regala la hora?”. Y cuando usted llegue a una oficina, la recepcionista no le preguntará su nombre, sino que le pedirá, qué pena, que por favor se lo recuerde. Es decir, el bogotano es tan diplomático, que intenta de esta manera decirte: sé tu nombre, sé quién eres; lo que sucede es que en este preciso instante no lo recuerdo. ¡Así jamás te haya visto! Simplemente les resulta poco elegante demostrar que no conocen al sujeto.

Seguramente este modo de ser encantará a muchos, pero a nosotros, los maracuchos, honestamente nos repugna. En Maracaibo esas maneras, cuestión del clima quizá, nos las ahorramos. Allá es “Verdugo, ¿qué hora tenéis?”. Y en las oficinas, al solicitar a alguien: “¿De parte?”. Ya. Nada más. No hace falta tanto almidón. Por supuesto, el “qué pena” no se ve, porque la pena para nosotros no existe. Así que cuando piséis Bogotá, hacete el loco; no le paréis a esta diplomacia ensayada. Que nada sincera debe ser cuando las putas, que trabajan y cobran por aquello que todos hacemos por amor o diversión, nunca pelan el “con mucho gusto, que esté muy bien”. ¡Coño, bien estoy!

   
     

   
     

Hasta la próxima semana!

   
     

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Embajada maracucha Derechos Reservados 2004